República bipolar

El Perú es el país perfecto para un estudio de caso sobre trastornos de ansiedad colectiva, con ocho presidentes en diez años, decenas de gabinetes fugaces y congresos fracturados. Cuando el poder cambia de manos con tanta frecuencia, la mente nacional se queda sin estabilidad emocional.

Somos una república bipolar: un día optimista, al día siguiente colérica; un domingo pedimos elecciones, el lunes exigimos vacancia. Somos capaces de emitir 12,8 millones de votos para que nuestro pan con chicharrón sea campeón del Mundial de Desayunos promovido por un influencer español, pero nuestro nuevo presidente llegó al Congreso como accesitario de Martín Vizcarra con únicamente 11.654 votos.

La semana pasada, en el marco del Día Mundial de la Salud Mental, el Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi reveló que, en el último año, el 13,4% de los peruanos experimentó algún trastorno psiquiátrico como ansiedad o depresión, lo que equivale a más de 2,2 millones de personas. Y esos son solo los diagnosticados.

A los temas políticos se suman la inestabilidad económica, la creciente violencia urbana y secuelas sociales y psicológicas causadas por la pandemia del COVID-19, que están llevando a miles de peruanos a vivir en un estado permanente de ansiedad y estrés. Según el Repositorio Único Nacional de Información en Salud (Reunis), los casos de ansiedad y depresión se han triplicado en la última década. Y el III Reporte del Observatorio del Crimen y la Violencia confirma que tres de cada cuatro familias sienten que su salud mental se ha visto afectada por la inseguridad. Pero cuando alguien busca ayuda, el sistema público de salud no responde: dos psiquiatras y 22 psicólogos por cada 100.000 habitantes, la mitad que el promedio de los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

No se puede construir un sistema de salud sólido si está enfermo en su propia estructura y si, como nación, vivimos en modo crisis. En gobernanza, es un sistema de salud sumamente fragmentado, con rectoría muy débil, sin información que oriente la toma de decisiones ni estándares de desempeño, y sin una preocupación real por el paciente. En financiamiento, invertimos S/20 por persona al año en salud mental –apenas 2% del gasto total en salud–, mientras que los países desarrollados destinan más de US$190 por persona. Esto porque entienden que, como lo calcula la Organización Mundial de la Salud, cada dólar invertido en salud mental devuelve cuatro en productividad y bienestar.

En prestaciones de servicios, sabemos de la poca capacidad resolutiva del sistema de salud público: mala infraestructura, sin conectividad y sin ofrecer diagnósticos rápidos ni atención oportuna. Finalmente, el desabastecimiento de medicamentos lleva a que la ciudadanía deba buscar atención en boticas y farmacias, con el consiguiente incremento en gasto de bolsillo y la falta de seguimiento a los tratamientos.

Un sistema de salud centrado en la persona podría cambiar esta historia. Significaría poner al ciudadano, y no a la institución, en el centro de la atención. Que los servicios se organicen alrededor de las necesidades de los individuos, no de los trámites. Que la salud mental esté integrada en la atención primaria y no circunscrita a centros especializados donde pocos pueden llegar. Significa formar al personal de salud para escuchar, acompañar y orientar, no solo para recetar. Y, sobre todo, significa construir redes comunitarias donde las familias, las escuelas y los espacios laborales sean parte activa del cuidado emocional.

Un enfoque centrado en la persona implicaría atender los problemas antes de que se vuelvan crisis. Detectar la depresión en el colegio, el estrés en el trabajo, la violencia en el hogar. Crear líneas de atención accesibles, fortalecer los centros de salud mental comunitarios y asegurar continuidad en el tratamiento.

La evidencia demuestra que cuidar la mente no solo sana a las personas, también reconstruye sociedades. En cada centro comunitario que se abre, en cada psicólogo que atiende pese a la carencia de recursos, en cada ciudadano que decide pedir ayuda hay un acto de resistencia frente a la incertidumbre.

Columna realizada por: Janice Seinfeld, presidenta de Videnza